domingo, abril 15, 2012

Por los presos políticos y exiliados.

Carlos Blanco
TIEMPO DE PALABRA
Señor Presidente... Lo he observado estos días y la verdad es que Usted se ve muy mal. No me aventuro a hablar de su enfermedad, porque sin informaciones creíbles de parte de sus médicos tratantes, serios e ilustrados, todo lo demás pertenece el mundo de las aproximaciones. No me referiré entonces a cómo marcha su dolencia sino a cómo Usted se ve. Y se ve mal.
Bien enterado como está, sabe que hay multitud de personas que creen que su situación es un montaje electoral; yo, por primera vez, creo en lo que dice (aunque a medias); pienso que está mal y en una lucha feroz contra esa cosa que carcome.
No lo sé por los rumores ni por las informaciones que circulan. Lo veo en la actitud de seres que deben quererlo bien. En su madre, sus hermanos y sus hijos. Allí se ve que han traspasado los anillos de seguridad, reales y emocionales, para mirarlo con la mirada que sólo los afectos duraderos pueden prodigar. Ellos nos dicen que Usted está "delicado".
También sus propias súplicas religiosas. Nunca he pensado que Usted sea creyente, pero ahora, sometido a la tensión de su enfermedad, pareciera convocar a un palenque en el que más que creer -cuestión altamente dudosa- exhibe un deseo de hacerlo. Allí, de viva voz, expone sus demandas y se pregunta una y otra vez, por qué a mí.
LA MUERTE. Todos sabemos que vamos a morir. Pero no es lo mismo eso que el saber que yo voy a morir. Ni siquiera es similar a pensar que voy a morir pronto.
Tenemos la certeza moral de la muerte. Sin embargo, a los seres humanos nos ocurre que esa certeza es... incierta. Es como estar en Galipán y ver el mar en un día despejado y saber que a la derecha debe estar África, que al noreste aparecería España, que si distinguiéramos norte franco se nos asomarían Los Roques y más allá, mucho más allá, el Círculo Polar. Lo sabemos, pero hay demasiado mar de por medio, demasiada vida. En ese caso la muerte no es el fin, sino lo que está más allá de la vida; la muerte es lo que viene después que hemos hecho todo lo que nos hemos propuesto o, al menos, es la ilusión de que su venida será después de la realización de sueños y propósitos.
Cuando a un ser humano le aparece una amenaza como el cáncer, la situación cambia radicalmente. La muerte no es lo que está más allá de nuestras realizaciones sino la que puede interrumpirlas. Se viene al entendimiento todo lo que queremos hacer y para lo cual tal vez no tengamos tiempo. Es como si la vida que nos prometía tanto para mañana, para los próximos 10 o 15 años, se nos comprimiera en un pedazo mínimo de tiempo. Es como asomarnos a La Guaira y ver España, Marruecos, Miami y los osos polares a metros del rompeolas. Se acabó la fantasía y todo se vuelve contemporáneo y contiguo de sí mismo. No hay viaje ni sorpresas.
Eso es lo que le ha ocurrido, Presidente, como a muchos otros a los que el cáncer les ha jugado una mala partida. La enfermedad se le atravesó a lo que sea que Usted haya querido hacer en Venezuela y el mundo, desde luego más allá de lo que dice. Esa quimera secreta, la que todo el mundo tiene y no verbaliza, está atravesada por lo que pudiera ser un imposible. Entre Usted y su sueño está la enfermedad.
Wilhem Busch decía que para el que tiene un dolor de muelas no hay nada en el mundo más importante que ese dolor. Así ocurre con enfermedades como la que le ocupa. Sí, la revolución, la Patria Grande, el imperio, Fidel, la posteridad, el 4F, pero sobre todo, Presidente, la cosa esa malsana que le camina por dentro, su dolor de muela. No es el caso suyo único: todos los que han sentido el resollar de la muerte les aterra lo insondable, la parca siempre nos recuerda su presencia cuando estamos solos.
Es posible que Usted viva mucho tiempo; nadie lo sabe. Pero vivirá lo que le quede de vida con la conciencia de peligro inmanejable, casi metafísico: ella, la pelona, ronda por allí.
TRANSFORMACIÓN. Tuve un amigo, Carmelo Lauría, que vivió más de 15 años combatiendo al cáncer. Como Usted sabe, fue un político polémico, pero sus últimos 10 años los empleó en convertir sus experiencias, conocimiento, sus múltiples y confesados errores, en amor a su familia y a sus amigos, y se transformó en un sabio, en quien daba consejos y transmitía experiencias, sin esperar nada a cambio. Vivió feliz esos años de sufrimiento. ¿Incomprensible? No tanto.
Cualquiera que sea su destino, tiene en la mano un instrumento que le solicito que use: el perdón. Hay decenas de presos políticos y exiliados a los que su sola decisión puede liberar y traer de regreso. Sé que estos días en los que Usted celebra su retorno al poder más bien son propicios para acentuar el odio, en medio del coro que clama por más sangre y más represalia, pero, distante de esa orgía celebratoria, me permito solicitarle amnistía para todos.
Sé que muchos a su alrededor, a quienes de cuando en cuando consulta sobre el asunto, le dicen: fulano es culpable de esto, mengano de lo otro, y el de más allá de aquello. Siempre podrá argumentar la culpabilidad de alguien y no es eso lo que se discute. El Príncipe usa su facultad de conceder gracias, no porque crea que aquellos a quienes se las concede sean inocentes, sino exactamente porque cree que son culpables. No se trata de convencerlo de nuestros argumentos sobre las personas presas o exiliadas; se trata de que Usted, desde su posición ("los presos y exiliados son culpables"), ejerza la gracia del Príncipe precisamente porque es un ejercicio, tal vez supremo, de su poder. Es perdonar a los que supone culpables.
LA RED. Cuando llegó al gobierno, su posición pendía de un hilo que era la legitimidad de su elección consagrada por las instituciones de lo que llama la IV República. Desde entonces, aquel solitario hilo fue tejido y vuelto a tejer hasta formar una intrincada red que apresa a muchos, entre otros a Usted. El Chávez de hace 10 o siete años ya no existe, no es tan libre, es prisionero de la propia red que trenzó. Usted tiene pocos márgenes de libertad, pues entre sus lugartenientes, los cubanos, las conspiraciones, el descontento, el Sebin, el G-2, la DIM, y su propia situación, debe estar acotado por todos lados. Dése un respiro, haga un acto único que es decretar una amnistía general, no le haga caso a los que tienen su oído y le estimulan el odio; en vez de consultarles a ellos consulte a su madre y a sus hijos. Hágase libre por un instante, mande al demonio a los que le dan casquillo y haga ejercicio de una libertad de la que ya no dispone debido a la red que lo atrapa: ofrézcales libertad a los presos y a los exiliados.
Si usted hace esto, yo no sé cuánto lo ayudará a curarse, pero lo que sí sé es que un recodo de paz se aposentará sobre el país, y su espíritu, crispado por tanto odio y aterido por el mal, puede que vuelva a sonreír.

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